El burro que se quedó solo (I)




Os voy a contar el cuento del burrito que se quedó solo. Era un burro pequeñito y negro, muy negro, tan negro que le decían Tizón. Ya sé que todo el mundo dice que los burritos siempre han sido símbolo de ignorancia, pero éso no valía con Tizón. Tizón era muy listo. Resulta que su madre había sido maestra de escuela, de escuela de burritos claro, y había sido una maestra tan sabia y amable que incluso los caballos acudían a su escuela para aprender. De modo que Tizón sabía un montón de filosofía, de literatura, de matemáticas, de pintura, de historia del arte... era un burro sabio. Una vez estuvo prendado de una yegua llamada Casilda. Pero Casilda se enamoró perdidamente de un caballo percherón y no aparece más en esta historia. Tizón vivía en una aldea de montaña, en la única casa que quedaba habitada. Apenas tenía amigos, unas pocas gallinas con las que no era capaz de entenderse porque todo el día estaban hablando entre ellas y olvidaban enseguida el tema de la conversación e incluso las palabras dichas en ella; también había una vaca, la vaca Paca, que siempre estaba preocupada por su ración de pienso y porque alguien llegara a tiempo para ordeñarla, no le gustaba nada tener las ubres llenas de leche y ahí “¡colgando todo el día!”, y luego estaba Kokodi. Kokodi era un gallo que hacía muy buenas migas con Tizón. Su amistad comenzó una noche en que unos traviesos muchachos de la aldea vecina intentaron asaltar el gallinero y Tizón salvó tanto a las gallinas como al mismo Kokodi, ahuyentando a los jóvenes con sus rebuznos y sus fuertes pezuñas. Las gallinas olvidaron pronto lo sucedido, de hecho a la mañana siguiente ya ni se acordaban. En cambio Kokodi estuvo eternamente agradecido y desde ése día fueron grandes amigos. Todos estos animales vivían en una pequeña granja mantenida y vigilada por una pareja de buenos ancianos. En el amanecer de un día de invierno, cuando más frío hacía en la montaña, la anciana que cuidaba de las gallinas murió. Todos estuvieron muy tristes los días siguientes, incluso las gallinas, aunque ellas no conseguían recordar el porqué. El anciano, al encontrarse tan sólo, tomó una decisión: marcharía a la ciudad a vivir sus últimos días con sus hijos. Pensó que lo mejor que podía hacer con sus animales era venderlos y recorriendo las aldeas vecinas consiguió vender a la vaca Paca. Algunas gallinas las vendió, otras las regaló y con otras hizo caldo. Pero no podía vender a Tizón, nadie quiere un burro viejo que ya no vale para trabajar. Por más que lo intentó fue incapaz de conseguir ningún comprador. Y cuando trató de sacar al burro del establo, para llevarlo a alguna feria de ganado, Tizón le recibió con coces y malos modos. Quería quedarse allí donde estaba. Tampoco es fácil llevar un burro a la ciudad, de modo que, lo dejó sólo en la aldea... ¡qué otra cosa podía hacer!... ¿y Kokodi?, a Kokodi lo metió en un saco y se lo llevó a sus hijos para hacer con él un buen guiso. Pero antes de partir, Kokodi pudo hablar con Tizón y le dijo, “Tranquilo amigo, volveré, te lo prometo”. Tizón sabía que las promesas de los amigos son promesas cumplidas y no se preocupó, Kokodi volvería. Pero éso no quiere decir que no se sintiera solo. Solo como nunca antes se había sentido.

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