Os voy a contar el cuento del burrito que se quedó solo. Era un
burro pequeñito y negro, muy negro, tan negro que le decían Tizón.
Ya sé que todo el mundo dice que los burritos siempre han sido
símbolo de ignorancia, pero éso no valía con Tizón. Tizón era
muy listo. Resulta que su madre había sido maestra de escuela, de
escuela de burritos claro, y había sido una maestra tan sabia y
amable que incluso los caballos acudían a su escuela para aprender.
De modo que Tizón sabía un montón de filosofía, de literatura, de
matemáticas, de pintura, de historia del arte... era un burro sabio.
Una vez estuvo prendado de una yegua llamada Casilda. Pero Casilda se
enamoró perdidamente de un caballo percherón y no aparece más en
esta historia. Tizón vivía en una aldea de montaña, en la única
casa que quedaba habitada. Apenas tenía amigos, unas pocas gallinas
con las que no era capaz de entenderse porque todo el día estaban
hablando entre ellas y olvidaban enseguida el tema de la conversación
e incluso las palabras dichas en ella; también había una vaca, la
vaca Paca, que siempre estaba preocupada por su ración de pienso y
porque alguien llegara a tiempo para ordeñarla, no le gustaba nada
tener las ubres llenas de leche y ahí “¡colgando todo el día!”,
y luego estaba Kokodi. Kokodi era un gallo que hacía muy buenas
migas con Tizón. Su amistad comenzó una noche en que unos traviesos
muchachos de la aldea vecina intentaron asaltar el gallinero y Tizón
salvó tanto a las gallinas como al mismo Kokodi, ahuyentando a los
jóvenes con sus rebuznos y sus fuertes pezuñas. Las gallinas
olvidaron pronto lo sucedido, de hecho a la mañana siguiente ya ni
se acordaban. En cambio Kokodi estuvo eternamente agradecido y desde
ése día fueron grandes amigos. Todos estos animales vivían en una
pequeña granja mantenida y vigilada por una pareja de buenos
ancianos. En el amanecer de un día de invierno, cuando más frío
hacía en la montaña, la anciana que cuidaba de las gallinas murió.
Todos estuvieron muy tristes los días siguientes, incluso las
gallinas, aunque ellas no conseguían recordar el porqué. El
anciano, al encontrarse tan sólo, tomó una decisión: marcharía a
la ciudad a vivir sus últimos días con sus hijos. Pensó que lo
mejor que podía hacer con sus animales era venderlos y recorriendo
las aldeas vecinas consiguió vender a la vaca Paca. Algunas gallinas
las vendió, otras las regaló y con otras hizo caldo. Pero no podía
vender a Tizón, nadie quiere un burro viejo que ya no vale para
trabajar. Por más que lo intentó fue incapaz de conseguir ningún
comprador. Y cuando trató de sacar al burro del establo, para
llevarlo a alguna feria de ganado, Tizón le recibió con coces y
malos modos. Quería quedarse allí donde estaba. Tampoco es fácil
llevar un burro a la ciudad, de modo que, lo dejó sólo en la
aldea... ¡qué otra cosa podía hacer!... ¿y Kokodi?, a Kokodi lo
metió en un saco y se lo llevó a sus hijos para hacer con él un
buen guiso. Pero antes de partir, Kokodi pudo hablar con Tizón y le
dijo, “Tranquilo amigo, volveré, te lo prometo”. Tizón sabía
que las promesas de los amigos son promesas cumplidas y no se
preocupó, Kokodi volvería. Pero éso no quiere decir que no se
sintiera solo. Solo como nunca antes se había sentido.
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