Recuerdo la historia de Matilde. Siento que es una historia hermosa de la que desconozco el final, y ahora, después de todo lo que ha ocurrido, me pregunto si alguna vez llegaré a conocerlo. Quizás hoy, si es posible, le pregunte por todo aquello. Espero que aún lo recuerde. La primera vez que escuché su historia fue una tarde de verano, sentados bajo la parra del patio, esperando a que la abuela preparase la cena. Recordaba Matilde que ella era muy niña cuando todo comenzó y recordaba que ocurrió tal que así...
La primera carta llegó
un 11 de Julio. El muchacho tenía 13 años. Dentro del sobre
encontró una hoja de papel reciclado torpemente doblada, y con una
única línea escrita en él. Decía así:
“En mi pueblo cuenta
el sol lo que en el tuyo sintió.”
Preguntó a su mamá si
podía saber quién le había enviado la carta, porque en ese
momento, esa era “la” carta, no había más... La mamá del
muchacho que era muy muy lista (leía montones de libros... ¡¡¡la
mayoría de ellos sin dibujos!!!) Le dijo que comprobara el
“remitente” y el niño se puso un poco triste pues se había
hecho ilusiones pensando que la carta la había escrito de una niña.
La letra era tan cuidada y además 13 años es una buena edad para
comenzar a enamorarse, ¿verdad?. Al ver la decepción dibujada en
el rostro de su hijo, la mamá, que de tonta no tenía un pelo,
comprendió... y le explicó mejor que “remitente” podía ser un
mujercita. El muchacho se fue a su cuarto a estudiar en qué lugar
estaba el origen de su primera carta. Lo descubrió, se trataba de un
apartado postal de la gran ciudad. No entendió qué significaba
“apartado postal”, pero comprendió que si enviaba allí la
respuesta, el o la remitente la recibiría. Emocionado, decidió
contestar. Tomó una hoja de papel cuadriculado de su cuaderno de
matemáticas y, después de pensar durante un buen rato, escribió:
“En tu pueblo cuenta
el sol lo que en el mío sintió.”
y debajo, en una nueva
línea, añadió:
“En mi pueblo brillo
yo cuando la luna brilló”.
Y bien verdad que era. Le
encantaba mirar las estrellas en las noches sin nubes. Las estrellas
le hacían sentir bien, era como si con su presencia le hicieran ver
al muchacho que el mundo era inmenso y que un millón de aventuras le
esperaban. La rima le pareció graciosa y al día siguiente se acercó
a la casa del cartero, el señor Pepe “Chimpa”, para aprender que
enviar una carta era tan fácil como tener 19 pesetas para el
sello... pero él no tenía 19 pesetas... Afortunadamente en el
pequeño pueblo nunca faltaban cosas por hacer. Tardó poco en
encontrar alguien que necesitaba ayuda. El señor Sebastián
“Cachopan” estaba metiendo leña de encina en la portada. El
muchacho se ofreció a ayudarle a cambio de 19 pesetas. Al señor
“Cachopan” se le antojó un precio realmente extraño pero no
caro, y aceptó. Al terminar el día, el trabajo estaba hecho y las
19 pesetas (y una más de propina), tintineaban alegres en el
bolsillo de Mateo. Compró un sello en casa del Chimpa, echó la
carta al buzón y se dispuso a esperar respuesta.
La segunda carta llegó a
los 10 días.