Cartas desde la distancia (I)



Hay días en la vida de todo ser humano que no deberían existir. Mi día es el trece de Enero. Al hermano de mi padre se lo llevaron un trece de Enero. El padre de mi padre se fue un trece de Enero. Y allí estaba yo, rezando a su memoria. En el camposanto había mucha gente. Amigos pocos, mi abuelo era muy mayor y fue feliz hasta el último momento. Todos sus hijos estaban allí, uno de ellos hacía tiempo que le esperaba. Todos sus nietos y algún pequeño biznieto que no comprendía, pero sentía. Entre toda la gente no estaba la mujer que vi, anciana, a lo lejos. Me extrañó que precisamente eligiera el momento más emotivo para irse. Ese es el momento que todos quieren compartir, pues vivirlo en soledad significa ser protagonista y nadie quiere serlo en un entierro. Ella estaba junto a una tumba que yo no conocía. Al llegar el murmullo después del silencio, las palabras tras las lágrimas, me alejé. Visité a mi tío y como siempre que vuelve a mi memoria, lloré. Cuando todos los demás hicieron lo mismo que yo sin saber que yo lo había hecho, me retiré y pensé en la anciana. Me acerqué a la tumba frente a la que ella había estado. Vi un nombre y unas fechas que nada me dijeron, y vi un poema que confundió mi mente. Decía así:

Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado”

Averigüé la historia de la anciana y de quien eligió tan bello epitafio. La historia es esta...

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