Alguien llama (I)



5º A.

“Dicen que es mejor haber amado una vez y haber sufrido por ello, que no haber amado nunca. Yo fuí amado y amé, pero en este último momento quisiera que el escribiente me explicara cómo se puede seguir viviendo con el corazón roto”. Estos pensamientos vivían en su derrotado interior. “Entre mis sueños y los tuyos formamos una bella realidad”. No era capaz de darles forma, de haberlo sido, pensamientos así habrían surgido. “Ahora será cierto”. Palabras así habrían sido pronunciadas. “Muero porque tú ya no vives”. Allí estaba, solo, a punto de hacerlo para dejar de estarlo. Entonces, al margen de su intención y de su deseo, ocurrió. El timbre de la puerta de la casa de la vecina, sonó. Dicen que lo único que puede detener a un suicida es la curiosidad por el instante despueś. Lo había leido en algún lugar y ahora que él era el protagonista, sintió curiosidad. El timbre volvió a sonar, insistente. Sonrió irónicamente. Retiró la soga de su cuello, que quedó bailando sobre su cabeza, trabajosamente bajó de la silla, que quedó pegada al suelo en espera de una segunda oportunidad para cumplir su misión, volvió a calzarse las gastadas zapatillas de las que un instante antes se había despedido, de un modo que incluso a él le pareció estúpido, para siempre... y quien fue un segundo antes un inminente suicida, fue a observar por la mirilla de la puerta...

5º B.

Cae el agua tibia por su cuello, recorre sus mejillas, moja sus labios, entra en su boca. Suavemente, con la yema de sus dedos comienza a acariciarse. Primero su cuello, luego sus pechos, pellizcos, gemidos, calor que sube, frío que se desvanece. Cierra los ojos que la retienen unida a este momento para encontrase en el momento pasado que, irónicamente, trata de olvidar. El insistente timbre de la vecina hace que vuelva a abrir sus ojos para recordar que esta ducha intenta desprender de ella los olores de aquel que hace 10 minutos dejó 100 euros sobre su mesilla de noche...

5º C.

Pero quién diablos te ha obligado a hacerlo, Pues tú, No es cierto, simplemente te dije que yo quería, Pues eso, Pues eso no, no tenemos que hacerlo todo juntos, Pero por lo menos podríamos hacer “algo”, Ya está bien, déjame en paz, ¿Dejarte?, En paz, ¿Y Carlota?, ¿Qué pasa con Carlota?, También quieres que te deje en paz, Pues sí, Tú lo has querido, ¿Qué he querido?, Que te dejemos en paz, ¡nos vamos!, ¿Cómo?, Carlota y yo, nos vamos, No te llevaras a la niña, vete tú, Jamás la dejaría sola contigo, Ni lo intentes, Mierda, Maldito timbre, la vieja no debe estar en casa...

5º D.

Querido Mario:

Hoy comienzo este diario. Sí, sé que no es el nombre adecuado, pero una anciana como yo tiene que ser coherente con su pasado. Dicen que se llama “blog”. ¡Qué palabras más raras!. Me han dicho también que quizás tenga éxito. Me han dicho también que quizás algún día tú lo leas, estés donde estés. En internet nada se borra, ¿no?. Te fuiste de mi lado hace 5 años, ¿para no volver?. Querido hijo mío, deja que cuente “mi” historia.

A las lágrimas del comienzo, a los reproches de después, a la depresión, los miedos, las búsquedas y la derrota, quisiera unir ahora, la esperanza. Una única carta en todo este tiempo, la de despedida, ¿por qué?. Después, Mario, comenzaste a enviar los libros. No te entendí, tampoco lo hago ahora. Un día llegaba un libro de cuentos sin dedicatoria, sin ningún dato. El mes siguiente uno de historia dedicado a tu padre. El siguiente en llegar, uno de ciencia, fechado en Santiago, 15 de Marzo. ¿Qué quieres decirme?. Y así, libros y más libros, durante cinco años. Quiero suponer que tu viaje, allá donde te haya llevado, continua. Quiero entender que los libros que envías, los has leido antes tú y quieres que mamá los guarde. ¿Sabes?, eso hace que siga sintiéndome madre. Cuido de ti, sí, desde la sensata y real distancia que nos separa, sí, pero también desde la loca e irreal cercanía que nos une.

Lo siento, no puedo seguir, la pantalla de mis ojos se ha llenado de lágrimas, una vez más, ... además, alguien llama a la puerta...

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